El Karakorum (Karakorum Highway)
Situado en la región montañosa de GilgitBaltistán, el Karakórum (del turco: “pedregal negro”) es, con el Himalaya, una de las grandes cordilleras de Asia. Se encuentra en la frontera entre Pakistán, la India y China, mide unos 500 km y es la parte del mundo con más glaciares, fuera de las regiones polares.
Dada su altitud y dureza, el Karakórum está mucho menos habitado que la cordillera del Himalaya. Los exploradores europeos llegaron por primera vez a principios del siglo XIX y fueron seguidos por los topógrafos británicos en 1856.
El Paso Muztagh fue cruzado en 1887 por un expedición encabezada por el coronel Francis Younghusband, y los valles situados sobre el río Hunza fueron explorados en 1892, por George Cockerill. Las exploraciones que se realizaron en las décadas de 1910 y 1920 sirvieron para conocer gran parte de la geografía de la región.
El Karakórum y los Himalaya son importantes para las investigaciones sobre la Tierra por diversas razones. Son unas de las zonas del mundo de mayor actividad geológica, ya que están situadas en la zona en la que chocan dos continentes, Asia y el subcontinente indio. Además, son importantes para el estudio de las placas tectónicas. Los glaciares de las montañas sirven como indicadores del cambio climático.
Picos más altos
Entre los picos más altos del Karakórum, se encuentran:
K2 (8.611 m.)
Gasherbrum I (8.068 m.)
Broad Peak (8.047 m.)
Gasherbrum II (8.035 m.)
Gasherbrum IV (7.925 m.)
Distaghil Sar (7.885 m.)
Masherbrum (7.821 m.)
Rakaposhi (7.788 m.)
Kanjut Sar (7.761 m.)
Saser Kangri (7.672 m.)
Karakorum Highway: la carretera más audaz jamás construida
KKH, Karakorum Highway: sólo el nombre ya impresiona. 1.250 kilómetros que unen Rawalpindi y Kashgar, la ciudad caravanera de Asia Central, discurriendo paralela al Indo y al Hunza por un trazado extremo, la cordillera más alta del mundo.
Todavía no hace 25 años que se construyó y ya es una leyenda. La KKH atraviesa el techo del mundo, serpenteando entre las murallas del Karakorum, el Pamir, el Hindu Kush y, finalmente, el Himalaya.
Construida en medio de la orografía más adversa del planeta, la cantidad y dificultad de los accidentes geográficos, así como la meteorología, hacen que sólo se pueda circular por la KKH unos cuantos meses al año. En invierno permanece cerrada.
A pesar de todo, los desprendimientos y hundimientos son constantes y un peligro real para todo vehículo o persona que la recorre.
Desde Rawalpindi, los primeros 200 kilómetros de la KKH van discurriendo a 1.000 metros de altitud entre prados y bosques.
A partir de ahí, la carretera empieza a ganar altura, los árboles y la vegetación van desapareciendo paulatinamente y el paisaje árido se adueña de todo lo que abarca la mirada.
Mientras tanto, la KKH continúa retorciéndose entre laderas y torrentes, como una enorme cicatriz en las montañas, buscando pueblos como Dashu, una pequeña pero temida aldea donde sus habitantes tienen fama de estar locos y ser muy peligrosos, debido al intenso viento que azota a todas horas el poblado.
Paisajes y valles donde todo parece inmutable. Sus gentes recuerdan a aquellos personajes sacados de viejos libros de aventuras del siglo XIX.
A menudo se ven puestos de control militar, aunque la sensación que uno tiene es que el gobierno paquistaní no puede ejercer su autoridad en este territorio, sobre todo viendo los pobres soldados allí destinados y los escasos medios de disuasión de los que disponen.
Esta zona tiene también una larga historia de bandidos y asaltadores de caravanas, así como un pasado no muy lejano de sangrientos enfrentamientos bélicos. Con esos antecedentes y las difusas fronteras con sus vecinos afganos, tadjikos, kazakos o kashmires es más fácil conseguir un Kalashnikov que un aparato de televisión.
La carretera sigue serpenteando paralela al atormentado cauce del Indo. La terrible meteorología cambia en minutos. Hace un momento el sol abrasaba y de pronto negros nubarrones lo han cubierto todo. De entre las cimas llega una ventisca que lacera la piel. Es preciso enfundarse el forro polar de inmediato.
En medio de uno de los mil precarios puentes que vuelan sobre el Indo, me paro a contemplar el espectáculo de la naturaleza en su estado más salvaje. La nada abrazada por el Hindu Kush y el gran Indo.
Rodeado de estas paredes infinitas, entre nubes y precipicios, con el atronador bramido de las aguas precipitándose bajo mis pies, siento todo el dramatismo de este paisaje. Un escalofrío recorre mi cuerpo y allí, enmudecido por la grandeza de la escena, doy gracias al cielo por tener la suerte de vivir ese momento.

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